lunes, 6 de julio de 2015

De la poesía mística al impresionismo literario. El problema de la inefabilidad por Flavio Crescenzi

 
En efecto, lo que revela la experiencia mística es una ausencia de objeto. El objeto se identifica con la discontinuidad y la experiencia mística, en la medida que tenemos fuerza de operar una ruptura de nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de la continuidad.

Georges Bataille
 
 
I
Para llegar a la unión con lo divino, al menos según los teólogos y tratadistas religiosos, hay tres caminos o vías: la vía purgatoria (que implica el momento de la purificación de los pecados), la iluminativa (que sería el estadio resultante luego del ejercicio ascético) y la unitiva (la perfecta unión con Dios). Esta última vía, quizás la más compleja, es la que conduce al estado beatífico, estado de arrobamiento y plenitud que sólo puede describirse a través de una metáfora: el matrimonio espiritual.
La poesía mística está signada por la carencia, carencia del objeto amado (como bien nos indica Bataille en el epígrafe elegido) y carencia del lenguaje apto para dar cuenta de ello que, no obstante y paradójicamente, duplica el sentimiento de orfandad. Esta suerte de erotismo sagrado estará acompañada por la noción de inefabilidad, inefabilidad que, por otra parte, caracteriza todo hecho poético por ser justamente el fenómeno que le da existencia.
Este matrimonio espiritual es, además, autorreflexivo, ya que al objeto deseado, ausente en lo concreto, se lo busca en el interior del sujeto deseante. El místico ama más la huella de Dios en su interior que a Dios mismo, lo que lo transforma en una suerte de onanista espiritual. Echémosle un vistazo a estos versos de santa Teresa para obtener un ejemplo más o menos digno:
Aquesta divina unión
del amor con que yo vivo,
hace a Dios ser mi cautivo
y libre mi corazón;
mas causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero
que muero porque no muero.

Las imágenes que encontramos en la poesía mística están relacionadas con la tradición cortesana amatoria del Siglo de Oro, tradición en la que estos poetas, sin lugar a dudas, abrevaron. Lo cierto es que no siempre fueron comprendidos. Sus contemporáneos no vieron con buenos ojos la marcada proliferación de signos inequívocamente eróticos que los poemas de estos místicos presentaban, al punto de tildarlos de herejes en la mayoría de los casos, cuando no, de intentar directamente proscribirlos. Remarcable es la explicación en prosa que se vio obligado a hacer san Juan de la Cruz para justificar el presunto exceso de sus poemas mayores: «Noche oscura», «Cántico espiritual» y «Llama de amor viva». Podríamos agregar, acordando con Alain Torraine, que la historia de la vida religiosa en nuestro occidente judeocristiano, no es otra que la historia del distanciamiento creciente entre el racionalismo aristotélico transformado por los teólogos y la mística del sujeto perdido en el amor a Dios. La continuidad de la que habla Bataille, esa suerte de completud trascendental, sólo se da en el solipsismo.
«Las palabras no sirven», arriesgan los colmados de tanta vida interior que la asumen inefable, y es esta misma inefabilidad la que los llevará a consagrarse a una técnica o estética de la brevedad, de lo sucinto. Esto calará hondamente en la historia de la poesía occidental y tendrá su apogeo en la poesía pura de cuño simbolista. Así, el lirismo integrador propuesto por los místicos busca menos las maratones verbales que el silencio primordial, menos el fárrago de la oratoria que la contención expresiva.
II
Para definir el impresionismo literario —en el supuesto caso de que algo así exista— nos vemos forzados a hacer una revisión de los postulados estéticos de su rama pictórica, la más significativa por cierto. Monet es el que, sin proponérselo, le da el nombre a toda una escuela cuando le pone a un cuadro suyo el título de Impresión. Manet, nombre que a primera «impresión» puede sonar parecido al del pintor antes mencionado, afirmaba que «sólo hay una cosa verdadera, plasmar al primer golpe lo que se ve y no se plasma un paisaje, una marina, una figura: se plasma la impresión que se tiene a una hora del día de un paisaje, de una marina, de una figura».
Sin dudas, el arquetipo de escritor impresionista se establece a partir de Marcel Proust. Este ambicioso y bergsoniano literato en A la sombra de las muchachas en flor, no casualmente, se detiene en la descripción de los cuadros de un pintor inexistente (un tal Elstir), en cuyo arte se reconocen analogías con las obras de los pintores impresionistas. El impresionismo reproduce las cosas como las percibimos en el primer momento, el único genuino momento, el momento en el que nuestro intelecto no filtra sensaciones, no reduce a conceptos meras apetencias, el momento en el que no necesita todavía explicarnos qué son las cosas y en el que no hemos sustituido la impresión que nos han producido por las nociones que poseemos acerca de ellas.


El concepto de «epifanía», instaurado por Joyce, es otro ejemplo de impresionismo literario. Este recurso o fenómeno es una construcción tardía de origen simbolista, digamos que, la epifanía es un éxtasis, pero un éxtasis sin Dios; no es la «Trascendencia», sino la fatigada trascendencia de las cosas de este mundo. Los invito a entender lo expuesto en este fragmento también joyceano: «Una muchacha estaba ante él en medio de la corriente: sola e inmóvil, mirando hacia el mar. Parecía una criatura transformada como por un encanto en un extravagante y hermoso pájaro marino».
Esta epifanía o aparición es promovida por la proyección, saturada de esteticismo, de un «yo» que se dispara queriendo enriquecer todo lo que lo rodea con la belleza crítica, teórica e ideal que detenta muy a pesar suyo. El impresionismo es una catarsis natural para los enfermos de belleza.
Los impresionistas, ya sean literarios, ya pictóricos, también fueron combatidos por la moral instituida. Max Nordau, expandiendo el análisis «lombrosiano», intentó demostrar que no siempre los degenerados son los criminales, prostitutas y lunáticos, sino que, con frecuencia, son autores y artistas. Para Nordau, el degenerado artista moderno (al igual que el criminal) carecía de sentido moral. La impresión es anterior a lo axiológico, es vital y subjetiva simplemente.
La sublimación de la experiencia que, en muchos casos, es sinónimo de deseo, también tendrá sus representantes en el universo de habla hispana. No hay un autor de lengua española que comporte tanto aspectos de la poesía mística como del impresionismo literario, siendo, en sí mismo, la síntesis de la dialéctica expuesta en este opúsculo, como Gabriel Miró. La sensualidad, la sensibilidad, el sentimiento de su prosa, forman un mundo sin deformar el nuestro. Es que esos materiales, bien afirmaba Miró, se salvan por una crisis de formaciones: la serie de sonidos significativos, sugestivos y alusivos. La palabra, como la música, al menos para Miró, resucita realidades, las valora y exalta. Es que la palabra, subiendo a la pureza inefable, logra un estado de existencia desconocido, situado más allá de la expresión y sólo por ella sostenida.
III
La inefabilidad es lo que los místicos plantearon como problemática y lo que los impresionistas literarios, no pudiendo resolverla, hicieron un rasgo estilístico. Miró, como dijimos más arriba, es el justo equilibrio entre las dos claras puntas del camino. Miró hace del símbolo algo conspirativo contra el orden declarativo del discurso utilitario. El siguiente fragmento es un válido ejemplo de esto mismo:
¿Quién recogió las aguas entre sus brazos como una túnica? Únicamente Dios. Ya lo sabe Sigüenza. Sigüenza y muchos quisieran gozar del agua, cogiéndola, ciñéndola, modelándola como una ropa dócil a nuestros dedos. Se lo hace decir a Salomón en sus proverbios, que sea el agua tan infinita en sí misma, tan incorpórea en su cuerpo y la codicia de tenerla y de romperla en su unidad, fugaz y perdurable.
Miró, como todo poeta, quiere aprehender la realidad en una noción plástica y sonriente. Íntimamente, el acoso de la inefabilidad yace en estado de latencia. La búsqueda estética o religiosa, si no son lo mismo en algún punto, no es otra cosa que la búsqueda de alivio y armonía. Pero, no lo olvidemos, y Alejandra Pizarnik así nos lo recuerda en lo que sigue, el problema está presente:
explicar con palabras de este mundo
que partió un barco de mí llevándome.





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