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Rock, literatura y experiencia Xabier F. Coronad


El rock celebra aniversario y casi todos nos felicitamos. Hay que alegrarse porque esa manera de hacer música, que rompió moldes y creó nuevas formas, haya alcanzado una madurez que muchos no auguraban. Lo bueno es que el rock, al no tener un perfil único por ser multifónico, ilimitado y mutante, admite variedades; por eso muchos estamos de aniversario.

A mediados del pasado siglo se produjo un fenómeno social sin precedentes: en una generación la juventud experimentó un evidente cambio de actitud. La conciencia juvenil se abrió a la búsqueda de otra visión del mundo y, aunque mucho se lo engulló el sistema, hubo consecuencias. Entre ellas, nuevas formas de expresión que se manifestaron, sobre todo, a través de la literatura y la música en donde surge el fenómeno del rock and roll. Muchas cosas se quedaron atrás y otras, como el rock, llegaron para quedarse y marcar nuevos ritmos por caminos contrapuestos que todavía se bifurcan. Una retícula que se extendió para penetrar el panorama musical y social de las últimas décadas.

Desde su origen, el rock trascendió el ámbito musical para convertirse en un concepto sociocultural: nació como contracultura y se convirtió en movimiento popular para diferentes ambientes y capas sociales. Es una plaga que se transmite entre la juventud cada nueva generación, pero que trasciende barreras de edad porque aquellos pioneros que aún viven siguen llevando el veneno del rock en sus venas.

La palabra tiene la siguiente definición en el diccionario de María Moliner: “(ingl.; pronunc. [rocanrol]) m. Género musical surgido en Estados Unidos hacia los años cincuenta, de ritmo muy marcado y melodía sencilla y pegadiza. Þ Grunge, heavy [metal], punk, rockabilly.”


Los antecedentes del rock hay que buscarlos en el gospel, el blues (rythm and blues) y en la música folk (country). Estos ingredientes, puestos en la coctelera con unas gotas de jazz, todo batido con la fuerza del inconformismo, produjeron un compuesto cuya esencia permanece en todas las formas en que fue mutando. El rock es una música que se fusiona con facilidad –jazz rock, pop rock, flamenco rock, folk rock, etcétera–, y se adapta a medios y clases sociales: rock urbano, country rock, heavy metal; rock proletario… El rock requeriría una larga y lúcida exposición para explicar y comprender su existencia. En este texto nos conformamos con hacer unos apuntes sobre su relación con la literatura, simbiosis que se ha mantenido activa todos estos años.
La literatura en el rock and roll

Si buscamos huellas literarias en la música rock aparecen decenas de rastros en toda su historia, tanto en los nombres de las bandas y de las canciones como en las letras que acompañan la música. La relación sería interminable, pero se pueden apuntar datos concretos para satisfacer curiosidades. Vamos a hablar, sobre todo, de autores literarios y libros, por ser ellos las fuentes donde se inspiraron los músicos rockeros para poner nombres y escribir textos.

Los libros más antiguos de la historia de la humanidad, leyendas anónimas y relatos contados por escritores de todas las épocas, están en esa larga lista derivada del afán de los compositores de rocanrol por musicalizar la literatura. Las grandes obras literarias captaron desde el principio la atención de esta música, que paradójicamente muchos califican de bárbara e inculta, creada e interpretada por individuos antisociales que se drogan y no tienen base moral.

De la Biblia echaron mano, entre otros, Leonard Cohen para sus canciones “Story of Isaac”(Songs from a room, 1969) o “Hallellujah”  (Various positions, 1984). En su último trabajo, Johnny Cash compuso “The Man Comes Around” , basado en el Libro del Apocalipsis (American IV, 2002); y Depeche Mode un tema llamado “Judas” (Songs Of Faith And Devotion, 1993).

Hay canciones fundamentadas en clásicos grecolatinos: la Odisea fue inspiración para Eric Clapton, cuando tocaba en Cream, en el tema “Tales of the Brave Ulysses” (Strange Brew, 1967); Virgin Steele se basa en la Orestíada, tragedia de Esquilo, para componer una ópera-metal en dos actos, The House of Atreus (2000); y Deus Ex Machina, grupo de rock progresivo que canta en latín, tiene el álbum De República (1995), sobre esa obra de Cicerón. La leyenda de Sigfrido sirve a la banda German Oak para su trabajo Nibelungenlied (1976), y no se libran de tener sus versiones en rock autores clásicos como Cervantes, Dante o Shakespeare.




Entre muchos otros escritores, hay que nombrar algunos de los más solicitados por el rock. El genial William Blake (1757-1827) fue referencia para el nombre de The Doors; Bob Dylan se inspiró en “Auguries of Innocence” para componer “Every Grain Of Sand” (Shot Of Love, 1981); The Verve se hizo eco del poema “London” en su tema “History” de A Northern Soul (1995), y Patti Smith le compone una oda, “My Blakean Year”, en Trampim (2004).

Jefferson Airplane, recuerda a Lewis Carroll (1832-1898) en un tema psicodélico de ritmo raveliano, “White Rabbit” (Surrealistic Pillow, 1966). Por su parte, Tom Waits le dedicó un álbum con el nombre genérico de Alice (2002). Carroll es de los escritores más adaptados en la historia del rock y quizás de los peor comprendidos, como le pasó a John Lennon, que compuso para The Beatles la canción “I Am the Walrus” (Magical Mystery Tour, 1967), basándose en el poema de Carroll “La Morsa y el Carpintero”; Lennon confesó no haber entendido, hasta lecturas posteriores, que en la morsa el autor había personificado al sistema capitalista. Esa misma canción tiene mezclada al final una grabación de radio con un fragmento de El rey Lear, de Shakespeare.

Entre los escritores más requeridos por los rockeros está Edgar Allan Poe (1809-1849), en quien Alan Parsons Project se inspiró para su primer trabajo, Tales of Mystery and Imagination (1976); los españoles Radio Futura se basaron en el último poema escrito por Poe para componer su tema “Annabel Lee” (1987), y Lou Reed lo recordó en su disco The Raven (2003).

George Orwel (1903-1950) es referencia para muchas composiciones: el álbum Animals, de Pink Floyd (1977) y el tema de Suede, “We Are The Pigs” (Dog Man Star, 1994), están inspirados por Rebelión en la granja. La novela 1984 influyó en David Bowie para componer Diamond Dogs (1974), y la banda inglesa The Jam utilizó el Homenaje a Cataluña para “Start”, de su disco Sound Affects (1980).



J. D. Salinger (1919-2010) es otro autor que está presente en multitud de canciones, entre ellas “Bananafishbones”, de The Cure (The Top, 1984); “Who Wrote Holden Caulfield?”, de Green Day (1992); “I Fought In A War”, de Belle & Sebastian (2000), y en el tema “Catcher In The Rye”, de Guns N’Roses (2008).

Para finalizar este recuento de los escritores más solicitados por el rock, falta J. G. Ballard (1930-2009): Buggles, “Video killed the radio star” (The Age of Plastic, 1979); Joy Division, “Atrocity Exhibition (Closer, 1980); el dúo australiano Empire of The Sun toma su nombre de un texto homónimo del autor; igual que Klaxons, en su álbum Myths Of The Near Future (2007); etcétera.

La literatura beat y el rock

Hay quienes aseguran que existe un antecedente literario que influyó en el surgimiento del rock –quizás por eso la música rock va desde sus orígenes unida a la literatura– y echan la culpa a los escritores de la generación beat de contagiar a la juventud con esa manera desesperada e inconformista que que tenían de vivir. Una piña de escritores amigos, que viajaban juntos y exploraban otras maneras de relacionarse: Jack Kerouac, Neal Cassady, William Burroughs, Allen Ginsberg, John Clellon Holmes, Herbert Huncke y Gregory Corso, agarraron esa corriente vagabunda que cristalizó en una serie de libros donde quedó reflejada su búsqueda frenética de algo diferente.




Al ser contemporáneos, escritores y músicos interaccionaron entre ellos. Por su prematura muerte, Jack Kerouac (1922-1969) fue el escritor que menos se relacionó con los rockeros, aunque es recordado por muchos de ellos. Estos son algunos ejemplos: King Crimson se refiere a On the Road en la canción “Neal and Jack and Me”, del álbum Beat (1982); The Smiths componen “Pretty Girls Make Graves” (1984), con una de sus frases más comentadas; Elliot Murphy hacía lo propio con “The Ballad of Sal Paradise” (1987); y 10,000 Maniacs lo aluden directamente en “Hey Jack Kerouac” (1993).

Pero sin duda fueron Allen Gisberg y William S. Burroughs quienes más se mezclaron con los músicos de rock. Ginsberg participó activamente en el movimiento punk rock: en la canción “Ghetto Defendan”, del álbum de The Clash, Combat Rock (1982), recita un mantra budista (El Sutra del Corazón); también compartió con el grupo inglés escenario en algunos conciertos.

En el documental de Yony Leyser, W.S. Bourroughs: A Man Within (2010), aparecen Patti Smith, Iggy Pop y Thurston Moore, de Sonic Youth, hablando sobre el autor. Además, se ven fotos del escritor con Frank Zappa, Mick Jagger, Sting, Kurt Cobain y componentes de los grupos Blondie, REM, U2, The Clash, Ministry, etcétera. El término “Heavy Metal” fue sacado de un texto de Burroughs, al igual que nombres como “Soft Machine” o “Steely Dan”. También colaboró directamente con varios músicos, entre ellos Tom Waits o Nick Cave (Smack My Crack, 1987) y Kurt Cobain (The “Priest” They Called Him, 1993)

Ginsberg y Burroughs fueron amigos de la cantante Patti Smith y compartieron a menudo recitales y lecturas. La creadora de Horses (1975) piensa que hay una conexión real entre Burroughs y el punk: “Hay pasajes en sus libros en los que profetizó el punk. William tuvo esa visión del futuro en todo el mundo de Johnny, personaje de la novela The Wild Boys.”

Burroughs tuvo una columna, “El tiempo de los asesinos”, en la pionera revista de rock Crawdaddy. Para Joe Strummer, líder de The Clash, “el punk rock fue influenciado por Burroughs porque yo veo al punk como algo amplio, internacional, antiautoritario, un redescubrimiento cultural y una revolución recreativa”. Burroughs elogió y recomendó a los Sex Pistols y es considerado por muchos el padrino del punk, aunque él mismo declaró: “No soy punk y no sé por qué me consideran el padrino del punk.”


La literatura de la onda


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Desde otro ángulo, son numerosos los libros que se escriben sobre rock. Entre ellos podemos diferenciar los que tratan aspectos concretos –historia, análisis, biografías– y los libros de ficción que en su trama ponen al rock en lugar destacado. Siguiendo la temática literaria, centrada en este país, es obligatorio mencionar que, a mediados de los años sesenta, surgió un grupo de escritores que crearon la versión mexicana de la literatura beat, bautizados por Margo Glantz como “la literatura de la onda”. José Agustín (1944), Gustavo Sáinz (1940) y Parménides García Saldaña (1944-1982), formaron el núcleo de escritores de la onda. La literatura generada por estos autores supuso una ruptura con la manera de escribir que se había tenido hasta entonces en México. Fundamentalmente, incorporaron otro vocabulario y una temática que estaba impregnada por las inquietudes de la juventud “en la onda”: marginación, inconformismo, sexo, drogas y rocanrol.

El resultado es una serie de libros que hoy en día podemos considerar ya clásicos recientes de la literatura mexicana: La tumba (1964), De perfil (1966) y Se está haciendo tarde (1973) de José Agustín; Gazapo (1965), Obsesivos días circulares (1969) y La princesa del Palacio de Hierro (1974) de Gustavo Saínz; Pasto verde (1968), El rey criollo (1970) y En la ruta de la onda (1972) de García Saldaña; y Chin chin el teporocho (1971) de Armando Ramírez. Son novelas y relatos de jóvenes para jóvenes donde el viaje es urbano; el desencanto y la inquietud por ser libres, total; y en ellos la contracultura, la literatura y el rock están siempre presentes. Como ejemplo, cabe señalar que cada uno de los relatos de El rey criollo lleva de encabezamiento la letra de una canción de los Rolling Stones que el autor tradujo al lenguaje de la onda: auténtica literatura con soundtrack.


El rock como literatura

Queda un último ángulo de esta relación: el rock como literatura. La parte literaria del rocanrol es muchas veces relato o historia, pero sobre todo poesía. Por eso bebe en fuentes literarias para consolidar memorias y excitar creatividades. Músicos de rock como Leonard Cohen o Bob Dylan han recibido premios literarios por sus textos; otros son más compositores que poetas, pero en todos coexisten, en simbiosis íntima, música y literatura: cada una con sus cualidades propias apoya a la otra y, como resultado, se enriquecen mutuamente. 

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