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Cuento a dos voces :Roberto Di Vita


Y vi un ángel descender del cielo, que tenía la llave del abismo, y una gran cadena en sus manos…”

(Apocalipsis; Cáp. 20, versículo 1)




                                                                      EL ENCUENTRO 

Premio APDH.



         Esa noche se había descuidado más de lo debido. Claro que no era la primera vez que sus guardaespaldas lo dejaban solo. Recordaba que los despidió en tres oportunidades al salir de distintos boliches bailables de la Recoleta y otras tres se atrevió a pasear solo por la peatonal de Mardel.

Lo hacía para probarse y probar a los demás. Muy pocos lo reconocían, salvo esa mujer que lo insultó y logró evitar alejándose rápido en el coche que tenía estacionado muy cerca.

En los lugares de baile no le iba mal con algunas chicas y tranzaba con facilidad, pero tomaba la precaución de no dar su nombre y apellido verdaderos de primera intención.

Lo malo era que luego de reconocerlo, esas chicas evitaban prolongar esa relación. Prejuicios de padres o amiguitas idiotas, se decía, y procuraba no hacerse problemas.

Pero le gustaba recordar el levante de Laura, una minita de La Plata, recién egresada de Psico, y que no pestañeó cuando le descubrió su auténtica personalidad. Cosa distinta, parecía que luego de esto Laura se enganchó más con él.

-¿No me tenés miedo, Laura, como las otras pibas?

-¿Por qué? Mirá, yo no se nada y además se dicen tantas cosas… que es difícil reconocer cuánto hay de verdad.

-Hacés bien en no creer toda esa bazofia que se publicó, es puro sensacionalismo.- Y no se habló más del asunto.

Por las dudas, les encargó a sus amigotes del Servicio de Inteligencia Naval que la investigaran. -Está limpia, Querubín- , le informó la Hiena Fernández, capitán con su misma graduación. -No te hagás problema... ¡Ah!, y cuándo la reventés, ojo con el SIDA, si es que la encontrás estrecha… ¡Ja, ja, ja!

Agradeció el informe de la Hiena, pero no pudo evitar un gesto de contrariedad.

-¿Qué te pasa, Arco Voltaico?

-No jodás, Fernández, ¿querés?

-Bueno sería que el Querubín, inventor de la cucharita eléctrica para arrancar clítoris rebeldes, se haga ahora el estrecho.

No contestó y se fue sin saludarlo.

Sin saludar siquiera, como hace unas horas que se fue de la discoteca por otra salida y no sabe por qué lo hizo, no sabe por qué se largó a caminar solo, con el eco de sus pasos. Quizás quiere probarse y probar a los demás.

Y son unos pasos sigilosos que cree reconocer y escuchar, pero ya se volvió tres veces y no descubrió nada. Sólo su sombra en las paredes.

-¿Mister, me paga una copa?- , le rogó esa puta vieja a la entrada del piringundín infecto. Se la pagó por el hecho de no haberlo reconocido.

Ahora, nuevamente en la noche y en la calle.

Y la sombra vuelve a ganarle a sus pasos. El Querubín pretende ganarle al tiempo y a los recuerdos, al recuerdo de la primera flor madre entregada, a las monjitas francesas que delató y luego salvajemente torturaron en la escuelita. A los familiares chupados, a la jovencita sueca que baleara sin miramientos, a las mujeres que violara en noches de infierno y de orgías, a esa cara incrédula de Sor Irene que no puede comprender que él, el rubito, sea uno de los martirizadores y no uno de los desaparecidos.

Es ese rostro de la monjita francesa, transido de dolor y espanto, que nunca podrá olvidar. Rostros y más rostros, de sufrimientos, de miedos, de iras, de tormentos, de agonías, de muertes, grabados por siempre en sus retinas, repetidos rostros e infaltables en la soledad de sus sueños.

Soñar, escapar, caminar como un sonámbulo, para escuchar con su oído de fiera siempre en acecho, otra vez, pasos que lo siguen, que se le acercan, y antes que nada, sin titubear, sin preguntar, volverse una sombra dentro de la sombra. Llevar la mano a la sobaquera, sacar ya martillada su arma, y dispararle a la sombra que lo viene siguiendo y se acercó demasiado. Y disparar una, dos, tres veces, y ver que la sombra se retuerce, grita y cae, y es una voz que cree conocer: es la voz apagada de Laura, su único amor sincero, que salió a buscarlo esa noche. Pero a ese grito apagado ya no le alcanza el encuentro, ni le alcanza la noche.



El otro final



Cansado de repetirse esta historia, el cuentero del susodicho engendro se enteró de esta nueva y real ficción.

…Y la sombra vuelve a ganarle a sus pasos, las sombras... Entonces, parapetarse detrás de otra y distinguir que no es una, que son dos, que son tres, que son… Y sin preguntar siquiera llevar la mano hacia la sobaquera y disparar el arma ya martillada y hacerlo una, dos, tres veces y luego nada, sólo el silencio.

Y sorprendido sentir un gusto amargo y salobre en la boca. Una respiración entrecortada, un sudor áspero. Ver que las siluetas se desplazan. Escuchar extrañado un llanto casi histérico, su propio llanto, sentirse mojados los pantalones por el orín rancio, y ese olor nauseabundo de sus heces entrecortadas.

Pegarse a ellas en el revuelco por evitar la supuesta emboscada. Ahora sí, ver el estallido de uno, dos, tres fogonazos púrpuras en la noche que le van entrando de a poco, como rosas de fuego.

Y mojarse nuevamente con su propio orín, el sudor, la mierda, y esbozar un pedido de piedad, y ver la figura de Laura parada con su metralleta, flanqueada por dos compañeros, contorsionada por los movimientos, por el llanto y esas lágrimas que le empañan la mira del arma que está disparando.

Y escuchar ese grito que sale de Laura desde el pecho, desde el estómago, desde los ovarios. El grito que no es de ella, sino de los otros, los de las sombras y los recuerdos.

El grito que lo va apagando de a poco, sin alcanzarle la noche.


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