sábado, 26 de marzo de 2016

Antonio J. González-José L.Menghi


 El gran herrero

 
pintor de flores





Era un hombre ancho y morrudo, con unas manos fuertes, acostumbradas a los trabajos en la fábrica y la herrería. Cuando lo conocí, lo acompañaba una sonrisa sin altibajos, casi iluminando toda esa masa corporal lenta y nada me insinuaba que él era el pintor más delicado, suave e intimista que hizo escuela en La Boca y en nuestra ciudad. José Luis Menghi vivía en la calle Dorrego al 2000 donde todavía puede verse en el frente de su casa la escultura en cemento que el maestro Julio Cesar Vergottini hiciera como estudio para el monumento a Alfonsina Storni. En los años que lo conocí, apenas llegado a la casa que Gente de Arte tenía en la esquina de Belgrano y Lavalle, me impresionó por esa humanidad que derrochaba ternura, sensibilidad y magnetismo y que, a pesar de su apariencia humilde y carente de vedetismo, ocupaba la presidencia de esa institución. Me bastó conocer, de a poco, como perlas de un gran collar, cada una de sus obras, su estilo silencioso y armónico, sus flores y las imágenes del interior de su taller, la ventana y más allá el paisaje de La Boca.



Por entonces solía ir a pintar, junto con sus amigos de la otra orilla del Riachuelo, a la Isla Maciel o también en Sarandí. Imaginemos a este corpulento hombre, con sus anchos dedos, esgrimiendo un pequeño pincel y elaborando sus luminosidades en los cartones que se usaba en esas tareas al aire libre. Me contó alguna vez que un domingo soleado, especial para pasear, andar en bicicleta, recorrer los parques, él estaba haciendo su trabajo pictórico en un lugar de su barrio, sobre un montículo de tierra. Era una escena habitual en aquellos tiempos esas salidas de los pintores. Pero pasó por allí una vecina de la mano de su hija, la niña se soltó y se acercó con curiosidad al pintor. La señora reaccionó y lanzó un grito histérico a la nena que volvió corriendo hacia su madre. La vecina se fue refunfuñando un reproche en voz alta: “¡Precisa tener ganas…!!” dijo . “Y sí –nos relataba Menghi el episodio como un hecho divertido- ¡yo tenía ganas!!!”.



Era el mismo hombre que pintaba los objetos cotidianos acumulados en su taller como tesoros con historia. “Esta jarra y la fuente la usó mi madre cuando yo era chico” indicaba a cualquier visitante que recibía en el conventillo de la calle Irala, en La Boca. “Y este reloj era de mi abuelo…Lo trajo de Francia y lo tuvieron algunos familiares, por último lo heredé yo. Una hermana mía me decía: ‘Sos loco, ese reloj no funciona, no vale nada’, pero me recordaba más a mi abuelo que todas las otras cosas de valor que tenía. Pinté muchas veces ese reloj…”. Tal era el engranaje emotivo que ponía en sus colores, pinceladas y veladuras.



De todas las épocas que Menghi vivió, recordaba siempre aquella del ’40, en la que pintaba paisajes nocturnos. “Trabajaba desde las 5 de la mañana hasta las seis de la tarde…” aclaraba. En uno de esos paisajes nocturnos que mostraba una esquina del barrio, había pintado sobre el sector de la calle una fogata y arriba de él estaba el rostro de Hitler, era una crítica antifascista. El trabajo lo presentó en 1945 al salón que organizó la Municipalidad de Buenos Aires, lo incluyeron en el catálogo y obtuvo buenas críticas, pero la obra nunca fue devuelta a su autor. Nadie supo dar explicaciones sobre su paradero.



“Entiendo que en la vida –decía Menghi- las pequeñas cosas, no las grandes, son las que valen” decía y esto resume muy bien sus ideas. Nos relataba los gestos cotidianos, mínimos, pasajeros, pero a los que él le otorgaba el sentido de la grandeza humana. Así era él, con valores y sin poses, que hablaba mucho con sus silencios, como suelen hacerlo aquellos que más tienen que decirnos.

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