lunes, 6 de julio de 2015

Apología del amor cortés Por Flavio Crescenzi






El amor puede derivar de un sentimiento generoso: el gusto por la prostitución; pero pronto es corrompido por el gusto por la propiedad. El amor quiere salir de sí, confundirse con su víctima, como el vencedor con el vencido, y sin embargo quiere conservar privilegios de conquistador.



Charles Baudelaire

 

 

Mucho antes de que los múltiples subgéneros narrativos adquirieran una magnitud tan considerable que la crítica, para referirse a ellos, les diera el nombre de «paraliteratura», mucho antes del folletín, de los best sellers, de Corín Tellado y de Rosamunde Pilcher, las lectoras sedientas de intrigas amorosas del Medioevo ya tenían un lugar a donde arribar luego de una jornada carente de hidalguía. La novela sentimental le concedió un sin fin de placeres al público cortesano de la España medieval, ese público abigarrado de teocracia y caballería justiciera. La novela sentimental, cuyos hitos pueden ser sin temor a equivocarnos: Siervo libre de amor de Juan Rodríguez del Pradón y Cárcel de amor de Diego de San Pedro, era el medio propicio para que una joven lectora, probablemente entrada en carnes, pero víctima de otras estrecheces, soñara con un amante a su medida. Lo que aseguraba el éxito de estas novelas (aunque novelas no eran todavía, al menos no en el sentido definitivo que le damos hoy por hoy a ese concepto) radicaba en un principio casi dogmático: el amor cortés.



El amor cortés implica una divinización de la amada, sus seguidores son conscientes de ello y aceptan ese vasallaje, ufanos de pertenecer a esa minoría incomprendida y selecta. Los moldes caballerescos, es decir, cortesanos, cargaban con una tensión erótica insoslayable, producto de las convenciones de la época. El propio Huizinga comenta: «en lugar del moderno afán de ocultar y borrar las relaciones íntimas, impera la tendencia a convertirlas en fórmula y espectáculo para los demás». Esta suerte de exhibicionismo del cortejo amatorio sólo indica la existencia de un onanismo conceptual menos respaldado por el «eros» que por el «logos», no hay amor posible sin testigos, no hay amor posible si no hay público.



El amor cortés eleva a la virtud, o sea, que se iguala a un principio moral; es desinteresado; y parte de una superioridad de la amada, superioridad falsa si se toma en cuenta la egolatría de sus seguidores. El propio amor, en su búsqueda de la belleza suprema, ennoblece al amante (he aquí un rasgo más de esteticismo que ponderar después de todo). El deseo amoroso está divorciado del carnal, y precisamente en esa renuncia encuentra el gozo. El amante, por su parte, debe garantizar constancia en el amor, ser casto, mesurado, esforzado, valeroso, verdadero, preferentemente de buena posición económica, discreto, diestro en las armas y gentil. Será franco en el querer; su amor, un deseo casi siempre imposible, inaccesible; pero, a pesar de no ser correspondido se siente orgulloso de pertenecer a la «orden del amor», que es la aristocracia del sentimiento.



Si bien el amor cortés tiene algo de protocolar, no deja de exponer también una serie de gestos teatrales de pretensiones más profundas. Como ya vimos, el amante no sólo realiza su performance amorosa para seducir a su amada, sino para seducir a una potencial audiencia que sea capaz de confirmar sus talentos de hombre probo, de seductor, según los parámetros de espectacularidad que éste maneja. Imagino a estos amantes siendo conscientes de lo dicho por Baudelaire en el epígrafe elegido para este artículo y, al hacerlo, no puedo dejar de compararlos con los dandis (grandes ególatras todos ellos) en un punto que es, en justicia, el que me promovió a tamaña reivindicación: el de enfrentar la hipocresía de la mayoría de las relaciones monogámicas, aunque más no sea, a fuerza de estilo. Es importante recalcar que el hecho de idealizar a la amada sólo supone una distancia que el amante aprovechará para no comprometerse del todo con ella, teniendo así un campo fértil para desarrollar su pavoneo retórico, más dirigido a él mismo que a la destinataria de turno. Aun así, el amor cortés no es de ningún modo funcional a la dinámica burguesa de relaciones afectivas basada en la multiplicación y el dominio, es decir, en la anulación del otro individual, es más bien una ficción exacerbada, un elogio de la mentira ritual que existe también en el arte; pero, y en esto me temo ser concluyente, sin aspirar a una trascendencia junto al sujeto amado.



La novela sentimental fue sepultada por La Celestina. Mismo fin tuvo la novela caballeresca con El Quijote. Pero tanto el amor cortés como el ideal caballeresco fueron revisitados en varios momentos de la historia por los mismos atribulados espíritus de siempre. El Medioevo fue la «Arcadia perdida» de los grandes románticos; el amor cortés, un discurso autotélico, como la poesía que lo nutre y justifica.








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